En
eso de las palabras cruzadas sobre un tablero hay que tener
estrategia, léxico y suerte para combinar las siete letras recibidas
en relación a otra palabra ya formada sobre el mundo que hacen 225
casilleros. Con esos principios se viene jugando desde hace mucho. En
los años duros, cuando era mejor quedarse en casa, fue cuando más
aficionados recogió esta lucha entre lo deseable y lo posible en el
campo de batalla del léxico, y esa generación es hoy la protagonista
de una movida que abarca literalmente a todas las edades.
El de ellos es el mundo que se rige por las reglas
de lo lúdico, mas sin los ribetes dramáticos que le revelara
Dostoievski en El jugador. No pierden más que tiempo y, a juzgar por
su felicidad, en verdad lo ganan en esas partidas que duran a veces
una hora, y que ellos quisieran extender. En verdad sueñan con un
tablero infinito que se entronque con la vida cotidiana, y en el que,
por ejemplo, sea necesario poder formar la palabra leche (la ch
no se puede formar sino que tiene que ser la única que viene en las
98 letras del juego o uno de los dos comodines) para poder comprarla
en el almacén.
Pero esos son los sueños ocultos. En verdad se
rigen por reglas muy claras, internacionalizadas por el fabricante y
el distribuidor del juego, y que la práctica va puliendo. Ellos
convocaron hace dos años por avisos a quienes estuvieran interesados
en el juego, y se presentaron seis. Allí supieron que era por el
primer torneo de habla hispana que se haría en Madrid, compitieron
entre ellos y fue Julio Echenique a pelear por el primer premio de un
millón de pesetas, que al final se llevó un catalán. Al año
siguiente estuvieron en México y este año los invitados orientales
por los organizadores son cuatro: Araceli Villafán, Carlos Pastor,
Hugo Gaudín y Omar Montes De Oca. Ellos pelearán por un premio, cuyo
monto no saben, con un entusiasmo loco.
Atrás de ellos está la organización que se fue
gestando al impulso de estos torneos internacionales, y que tiene su
sede oficial en la casa de Río Negro, en Canelones casi Bulevar
Artigas. Allí es posible encontrarlos a los 30 devotos y a entre 30 y
50 más que van y vienen, los jueves de 20 a 23, los lunes de 15 a 20
por los que prefieren recogerse a la oración y evitar las horas
frías, y en cualquier otra oportunidad que habilite la posibilidad.
Así, algunos sábados recalan en el Club de Pescadores Montevideo,
con la excusa de un asado entre tableros, o simplemente en casas
particulares. No son reuniones dietéticas, cabe reconocer: esto del
léxico engorda, pues es acompañado de tortas y hasta algún whiskicito para entonar a quien carece de vocales en su atril.
Entre toda esa gente ya han formado dos niveles de
competencia, en los que los promedios trimestrales suben y bajan a dos
por año, y un tercero para quien prefiere no competir. Todo el que
quiera jugar es bienvenido y si no compite no necesita siquiera pagar
la cuota. Pero esto atrapa rápidamente, previenen los viciosos.
Los entusiastas por razones particulares deben saber
algunas reglas establecidas que ayudan a dirimir eternas discusiones.
Para jugar se dispone de la eternidad de dos minutos o 25 para todo el
partido, y las palabras que valen son las que están en el honorable
Diccionario de la Real Academia Española, DRAE, 21ª edición, Madrid
1992. Hay una edición especial del diccionario Larousse para el Scrabble®, pero es recusado por la gente seria, y el gran argumento a
favor es que el juego tiene un alto contenido didáctico. De hecho,
estos grandes jugadores utilizan palabras que no saben qué
significan, sólo en la certeza de que están bendecidas por el DRAE,
como fo. Tienen listas completas de todas las palabras de tres letras
que se pueden usar, y allí hay muchas sorpresas, como allu, api,
mie, pche. Sea.
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